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Si se habla del 2003 en valor conceptual, podría obtener esa nebulosa categoría de “año de transición”. Pero si fuera así, ¿qué año no lo sería? Luego de que el comienzo del siglo XXI haya generado un ambiente de duda y paranoia, el 2003 dio lugar a un replanteamiento extremo de cómo vivir de forma global.

En EE.UU., el presidente George W. Bush hizo uno de los mayores movimientos para acelerar la llamada guerra contra el terrorismo, al comenzar una invasión con Iraq, cuyo conflicto impulsó una de las campañas pacifistas más extensas desde la Guerra de Vietnam. Mientras que en Argentina, las elecciones adelantadas dan como ganador al mítico Néstor Kirchner, figura política que reconfigurará la sociedad nacional al lidiar con la grieta que, pese a sus intentos, nunca dejó de crecer.

Es aquí donde se supone que se debe hablar de cómo, sin embargo, el 2003 fue un año icónico para la música, y esa no sería una declaración incorrecta. Pero este es un momento histórico en el que la creación artística no puede ser divorciada de su entorno cultural. Este es, posiblemente, el primer año donde el shock de eventos traumáticos, como el atentado a las Torres Gemelas o la crisis política nacional, comienza a desgastarse.

Si se habla del 2003 en valor conceptual, podría obtener esa nebulosa categoría de “año de transición”. Pero si fuera así, ¿qué año no lo sería? Luego de que el comienzo del siglo XXI haya generado un ambiente de duda y paranoia, el 2003 dio lugar a un replanteamiento extremo de cómo vivir de forma global.

En EE.UU., el presidente George W. Bush hizo uno de los mayores movimientos para acelerar la llamada guerra contra el terrorismo, al comenzar una invasión con Iraq, cuyo conflicto impulsó una de las campañas pacifistas más extensas desde la Guerra de Vietnam. Mientras que en Argentina, las elecciones adelantadas dan como ganador al mítico Néstor Kirchner, figura política que reconfigurará la sociedad nacional al lidiar con la grieta que, pese a sus intentos, nunca dejó de crecer.

Es aquí donde se supone que se debe hablar de cómo, sin embargo, el 2003 fue un año icónico para la música, y esa no sería una declaración incorrecta. Pero este es un momento histórico en el que la creación artística no puede ser divorciada de su entorno cultural. Este es, posiblemente, el primer año donde el shock de eventos traumáticos, como el atentado a las Torres Gemelas o la crisis política nacional, comienza a desgastarse.

Adicta – Miedo

Isopo Discos

Hoy vivimos en un mundo sin Adrián “Toto” Nievas y sin duda hay una falta que se siente. Junto con el alce de Miranda! y Leo García, la banda de La Plata ejemplificó el apogeo del anhelo electro pop que se venía formando desde la muerte de Federico Moura. Pero mucho más que sus contemporáneos, la música de Adicta contenía tintes más ambiguos, en el que el éxtasis de placer no se concretaba de forma plena. Las letras de Toto pedían entrelazar ante cualquier costo y su voz andrógina delineaba una desesperación crónica que sus personajes no querían demostrar tan abiertamente. Pero ahí estaba.

La onda dark tampoco era por accidente. Como le explicó Toto a Pablo Strozza para la Rolling Stone, “la idea es contraponer cosas. Parecemos superados, pero si ves la tapa del disco en nuestras caras se nota tensión y sufrimiento. No en vano el álbum se llama Miedo. Ahora me voy dando cuenta de eso, y noto que es algo súper agridulce”.

Adicta se esconde dentro de los rincones feos e ignorados del under sin poder encontrar una salida directa. Los éxitos salen con poca introducción previa, como el himno “Tu mal” o el tímido “Ocaso”, sin desvirtuar una paz más frágil de lo que ya parecía. Puede haber diversión o disfrute, pero no hay cantidad de maquillaje que pueda reponer algo roto. De todas formas, Adicta le hablaba a los que se sienten solos incluso repletos de gente.

Babasónicos – Infame

Pop Art

Hoy vivimos en un mundo sin Adrián “Toto” Nievas y sin duda hay una falta que se siente. Junto con el alce de Miranda! y Leo García, la banda de La Plata ejemplificó el apogeo del anhelo electro pop que se venía formando desde la muerte de Federico Moura. Pero mucho más que sus contemporáneos, la música de Adicta contenía tintes más ambiguos, en el que el éxtasis de placer no se concretaba de forma plena. Las letras de Toto pedían entrelazar ante cualquier costo y su voz andrógina delineaba una desesperación crónica que sus personajes no querían demostrar tan abiertamente. Pero ahí estaba.

La onda dark tampoco era por accidente. Como le explicó Toto a Pablo Strozza para la Rolling Stone, “la idea es contraponer cosas. Parecemos superados, pero si ves la tapa del disco en nuestras caras se nota tensión y sufrimiento. No en vano el álbum se llama Miedo. Ahora me voy dando cuenta de eso, y noto que es algo súper agridulce”.

Adicta se esconde dentro de los rincones feos e ignorados del under sin poder encontrar una salida directa. Los éxitos salen con poca introducción previa, como el himno “Tu mal” o el tímido “Ocaso”, sin desvirtuar una paz más frágil de lo que ya parecía. Puede haber diversión o disfrute, pero no hay cantidad de maquillaje que pueda reponer algo roto. De todas formas, Adicta le hablaba a los que se sienten solos incluso repletos de gente.

Babasónicos – Infame

Pop Art

 

Pasamos ahora de La Plata a Lanús, con una banda en camino a convertirse en leyenda. Ya para 2003, Babasónicos tenía más de una década de carrera, con el “chiste” de que cada disco sonaría distinto a los anteriores. Su disco anterior, Jessico, uno de sus más aclamados, servía incluso como una especie de recapitulación de todas sus eras para implantar la marca Babasónicos en el inconsciente popular.

Con ese antecedente, su próximo disco Infame era una gran oportunidad de expansión. El hedonismo que los había marcado sigue presente, pero la atmósfera es mucho menos tensa que antes. Más que nunca, nos encontramos con una banda que intenta (y logra) salir de un estado de crisis. Los tonos electrónicos se fusionan con la escritura psicodélica de Adrián Dárgelos para un disco que no tiene apuro en hacer las cosas bien.

La música no tiene interés en entretener la contradicción entre lo romántico meloso y lo sexual sinvergüenza – deja que ambas partes se entretengan una a la otra. Se toma tanto de Sandro como de Los Auténticos Decadentes. Con razón un tema como “Irresponsables” es uno de sus más populares: reformula la pasión de juventud y la convierte en algo hogareño, familiar, tranqui. Los mensajes finales de este disco, “Ser así no cuesta nada” y “Trae casa mi rock n roll”, marcan un camino a seguir, pero también reconocen desde dónde empezaron.

Belle and Sebastian – Dear Catastrophe Waitress

Rough Trade Records

 

 

Dear Catastrophe Waitress reúne a la banda de pop twee Belle and Sebastian, consagrada en los noventa por darle nueva vida al pop alternativo que nunca logró traspasar a la masividad radial, con uno de los productores más excéntricos de la historia del pop moderno, Trevor Horn. Conocido por clásicos como “Video Killed the Radio Star” y estar detrás de los controles para artistas como Yes, Art of Noise, Frankie Goes to Hollywood, Grace Jones, Seal y t.A.T.u, el productor le da unos toques muy sutiles a la banda escocesa, asegurando que no sea una combinación forzosa de estilos. Como resultado, el sonido quintaesencial de la banda se mantiene, pero la extensión del sonido es mucho mayor: los toques orquestales se encuentran más marcados, y los colores se sienten más vívidos.

En base a este nuevo panorama, el líder de la banda Stuart Murdoch afila sus típicas historias voyeristas sexuales-pero-no. Siempre fue de expresar una timidez algo presuntuosa en sus canciones, y con temas como “Step Into My Office, Baby” y “Wrapped Up In Books”, no para de idealizar sus situaciones poco deseables. Tal vez por eso especifica que la relación en “Piazza, New York Catcher” es virginal, o conjura la imagen adolescente de querer estar en Tokio escuchando Thin Lizzy para superar la relación fallida de “I’m Cuckoo”. Lo coqueto de la juventud juega a ser más maduro.

Flopa Manza Minimal – Flopa Manza Minimal

Azione Artigianale

El debut -y único- disco de Flopa Manza Minimal es un punto medio de distintas carreras. Una especie de supergrupo del rock argentino, nos encontramos con Florencia “Flopa” Lestani, Mariano Manza Esaín (ex-líder de Menos Que Cero y eventual líder de Valle de Muñecas) y Ariel “Minimal” Sanzo (ex guitarrista de Los Fabulosos Cadillacs y líder de Pez) rindiendo tributo al folk en el que se criaron. Las influencias guitarreras llenos de armonías vocales evocan tanto The Byrds como a Sui Generis, pero con una impronta compositiva que saca del power pop de Big Star y el country de Lucinda Williams.

Su intención era mantenerse humilde, interactuar con el oyente de una forma amena. La producción es mínima -el disco fue financiado por el poeta Vicente Luy como un proyecto independiente-, pero las voces ocupan muy poco espacio físico porque su lectura sobre la desilusión del momento es una callada. Hablan de calles que se desvanecen, el futuro que no tiene la calidez que antes tenía, quedar en segundo lugar, la pesadez que conlleva una superación. Pero nunca pierden ese aire casual, de tres amigos (o compañeros) tirando ideas. Como bien dijo Martín Pérez para Página/12 sobre estas canciones, “son de esas que se dejan escuchar una y mil veces, obras confesionales sin ser autocomplacientes, que acompañan sin imponer su presencia hasta que resultan imprescindibles”.

Radiohead – Hail to the Thief

Parlophone

El debut -y único- disco de Flopa Manza Minimal es un punto medio de distintas carreras. Una especie de supergrupo del rock argentino, nos encontramos con Florencia “Flopa” Lestani, Mariano Manza Esaín (ex-líder de Menos Que Cero y eventual líder de Valle de Muñecas) y Ariel “Minimal” Sanzo (ex guitarrista de Los Fabulosos Cadillacs y líder de Pez) rindiendo tributo al folk en el que se criaron. Las influencias guitarreras llenos de armonías vocales evocan tanto The Byrds como a Sui Generis, pero con una impronta compositiva que saca del power pop de Big Star y el country de Lucinda Williams.

Su intención era mantenerse humilde, interactuar con el oyente de una forma amena. La producción es mínima -el disco fue financiado por el poeta Vicente Luy como un proyecto independiente-, pero las voces ocupan muy poco espacio físico porque su lectura sobre la desilusión del momento es una callada. Hablan de calles que se desvanecen, el futuro que no tiene la calidez que antes tenía, quedar en segundo lugar, la pesadez que conlleva una superación. Pero nunca pierden ese aire casual, de tres amigos (o compañeros) tirando ideas. Como bien dijo Martín Pérez para Página/12 sobre estas canciones, “son de esas que se dejan escuchar una y mil veces, obras confesionales sin ser autocomplacientes, que acompañan sin imponer su presencia hasta que resultan imprescindibles”.

Radiohead – Hail to the Thief

Parlophone

Para que una banda tan abstracta y ambigua como Radiohead salga a hablar en términos concisos sobre el estado del mundo, las cosas tenían que estar bastante jodidas. Hail to the Thief es el disco “político” de la banda, en el que Thom Yorke abandona su estilo lírico de asociación libre de palabras, y se planta en contra del pánico hipócrita de la administración de Bush y sus defensores.

Radiohead había ya cimentado su posición como pioneros del rock alternativo con OK Computer y habían predicho las distintas formas que dicho género podía hacer fusionar con las corrientes de música electrónica con Kid A y AmnesiacEn este disco deciden no volver reinventarse, en parte porque como escribió Joe Tangari para Pitchfork, “ya habían empujado sus horizontes tan lejos que no les quedaba mucho por explorar”. Por lo tanto, utilizan su estética ya cultivada como un popurrí de estilos para transmitir su mensaje de una forma más simple. En otras palabras, no habían sido tan populistas desde la época de “Creep”.

Este planteo pone a Radiohead en un estado de confusión. Canciones como “2 + 2 = 5” y “There There” pasan de secciones calladas a puntos cúlmines de ansiedad de una forma que debería ser antinatural, pero no lo es. El enfoque implícito es el de mostrar a Radiohead como grandes músicos que tocan sus instrumentos muy bien. A partir de eso, consiguen algo de control en medio de tanta vorágine.

The Postal Service – Give Up

Sub Pop

Similar a Flopa Manza Minimal, un proyecto paralelo se convirtió en uno de los hitos de la carrera de Ben Gibbard, cantante de la banda de indie rock Death Cab for Cutie. Give Up es el único de disco de The Postal Service, hecho con el productor de indietronica Dntel. Esta unión resalta aspectos curiosos en ambos músicos. La producción de Dntel traduce la curiosidad de la internet principios del siglo XXI, cuando ya había sido explorada pero no había desarrollado todo su potencial, y envuelve a Gibbard -tanto su voz como sus letras- hasta que se convierte en su igual. Se muestra entonces una convivencia entre hombre y máquina, algo que un compositor como Gibbard no iba a reprochar. Al contrario, se dispone a resaltar cómo esa unión puede beneficiar su mente bizarra. Así, se presenta una visión casi utópica de la relación con la tecnología, donde se genera un placer doméstico que nos da lugar para llegar a “alturas tan grandes”.

Con la ayuda de las vocalistas Jenny Lewis de Rilo Kiley y Jen Wood, se cuentan historias de rechazo y desapego existencial, pero que eventualmente deben ser replanteadas para que la humildad dentro de este mundo no se apague. En cada momento hay algo agradable, porque la música piensa que una forma apacible de tratar a los demás es cómo se avanza. Cada vulnerabilidad introducida es admitida, y gracias a esa honestidad, trabajada. Nos están diciendo que “nos convertimos en siluetas cuando nuestros cuerpos se van”, o sea que no hay mucho lugar para rendirse.

The Radio Dept. – Lesser Matters

Uno suele relacionar a Suecia con el tipo de pop hecho a medida perfecta de una forma casi matemática -ABBA, Roxette, Ace of Base, Robyn o el productor de oro Max Martin- así que tener un grupo que se especializa en el tipo de dream pop de Sweet Trip o sus sucesores Beach House es una rareza. The Radio Dept. sirve como un punto medio entre el twee pop londinense y el indie rock diminuto a la Duster. En medio de todo, está Johan Duncanson con sus letras confesionales acogedoras.

Canciones como “Where Damage Isn’t Already Done” y “1995” tienen estructuras minimalistas que evocan tirarse en la cama y perderse en una fantasía lejana. El ambiente cinemático de la producción lo-fi ha hecho que esta banda sirva como banda sonora para varias películas. Sofia Coppola utilizó “Keen on Boys” para Marie Antoinette, y la adaptación de Bajo la misma estrella de John Green rescató la balada “Strange Things Will Happen”. Y esas opciones tienen sentido: The Radio Dept. traza bocetos a partir de emociones innegables. Como la portada demuestra, esto es música para perderse de forma infantil en el recuerdo y el anhelo.

The Strokes – Room On Fire

RCA Records

Las secuelas siempre son complicadas. Pueden ser El padrino II o Ghostbusters II. Luego de la vara alta que significó el primer disco de The StrokesIs This It (2001), el mundo del rock esperaba su regreso con mucha anticipación. Nueva York estaba en uno de sus estados más vulnerables, y las ondas cool de Julian Casablancas debían representar algo más, ya sea un escape o una admisión de renuncia. Room On Fire abre con las líneas “Quiero ser olvidado, y no quiero que me recuerden”. A la mira de todos, la banda neoyorkina sabe que ese deseo no se cumplirá, así que entonan su sonido de garage rock con la misma rapidez e ingenio que los hizo tan especiales.

“Es una bendición que los Strokes no se hayan dejado vencer por las tentaciones que provoca el éxito rápido -reflexionaba en su momento Roque Casciero para Página/12-. Esto es una batería que suena como grabada dentro de una caja de zapatos, dos guitarras limpias y la voz siempre través de alguna clase de distorsión”. La fórmula se mantiene intacta, y los temas siguen saliendo. El tiempo ha mantenido a la furiosa “Reptilia”, la exploración del new wave “12:51” y la misteriosa “The End Has No End” como puntos clave del indie moderno. En retrospectiva, sirven como puntapiés para el futuro inmediato de Franz Ferdinand y The Killers.

The White Stripes – Elephant

V2 Records

“¡Oh, oh-oh oh oh, oh, oh!”, tal vez sea el mayor legado de Jack White. Sin desmerecer su impresionante carrera como revivalista del blues para la era moderna, el riff de “Seven Nation Army” es más grande que todos nosotros, incluyendo su autor. Es el tipo de melodía que parece que estuvo siempre ahí, en el aire, hasta que alguien la agarró. El hecho curioso es que la haya agarrado The White Stripes en su mejor momento, cuando lideraban el movimiento de mirar hacia atrás las épocas que no habían sido reivindicadas como cool. Tomaban la actitud desenfrenada de Led Zeppelin, y la incorporaban para hacer covers de Burt Bacharach. La ironía perfecta de esta banda es que no intentaban ser cool, y eso mismo es lo que los hizo cool.

El sonido de este disco es uno hermético, todos sus sonidos compactados en lugares sonoros muy pequeños. El feedback de guitarra tenía que aprender a coexistir con los gritos de Jack, y así fue en temas como “Girl, You Have No Faith in Medicine” o el plato fuerte “Ball and Biscuit”. Las baterías torpes de Meg marcaban el paso para una gloriosa inestabilidad; y cuando se pone frente al micrófono cantar en “In the Cold, Cold Night”, todos los micrófonos se amplifican para que no haya otro enfoque posible. Romance, desesperación y sexualidad insular fueron combinados de forma libre.

Vale destacar el acompañamiento audiovisual para este disco, que tuvo los videos musicales icónicos de “I Just Don’t Know What to Do With Myself” por Sofia Coppola, y “The Hardest Button to Button” de Michel GondryPocas bandas delinearon una declaración estética tan variada como estos no-hermanos.

Yeah Yeah Yeahs – Fever to Tell

Interscope Records

La manic pixie dream girl de la música indie del momento era Karen O, y el momento pico de Yeah Yeah Yeahs se ve plasmado en la gracia contenida de Fever to Tell. En su momento, Jon Pareles escribió para la Rolling Stone sobre este disco, “los Yeah Yeah Yeahs ya pasaron por su etapa autoconsciente de influencias obvias y su etapa de paso en falso artístico. Ahora simplemente rockean, desmenuzando el new wave, el metal y el rockabilly hasta su empuje y estruendo primitivos”.

Como sus antecedentes espirituales Sleater-Kinney (o incluso sus contemporáneos The White Stripes), parte del juego es la ausencia intencional de un bajo en la instrumentación. Todo debe pasar por el filtro de guitarras, baterías y una voz alocada que pasa por desenfreno sexual que estudió sus antecedentes punk.

Este disco se ha sostenido de pies a cabeza, con sus incursiones hacia el punk suelto neoyorquino de “Rich” y “Tick. Pero su canción más recordada viene casi al final en forma de “Maps”. Luego de varias canciones de duración de 1-2 minutos, “Maps” baja el tempo de forma considerable. No es una balada, pero se posiciona como una plegaria tardía, como querer rescatar algo que se fue hace tiempo: recontextualiza una pérdida individual y la convierte en algo universal.