Ciudad de México, 10 de octubre de 2025. — La historia del punk está escrita con rabia, energía y actitud. Pero la de The Adicts siempre brilló con algo más: confeti , humor retorcido y un estilo que los convirtió en una leyenda. Cincuenta años después de su formación, los británicos ofrecieron en la CDMX una de sus últimas presentaciones en Latinoamérica con su gira “Viva la Revolution… Adiós Amigos”, una noche que más que despedida, fue una fiesta total.
Una historia pintada con rebeldía y maquillaje
Formados en Ipswich, Inglaterra, en 1975, The Adicts se convirtieron rápidamente en una de las bandas más icónicas del punk británico. Inspirados en la estética de A Clockwork Orange —con trajes, bombines y maquillaje blanco—, su propuesta combinó teatralidad, ironía y un sonido rebelde los ha acompañado por décadas.
Su disco debut, Songs of Praise (1981), se volvió un clásico inmediato, y temas como Viva la Revolution, Joker in the Pack o Chinese Takeaway definieron una era. Durante las décadas siguientes, The Adicts mantuvieron viva su esencia en giras internacionales y con producciones que llevaron su espectáculo visual a otro nivel.
Hoy, Keith “Monkey” Warren (voz), Pete “Pete Dee” Davison (guitarra), Michael “Kid Dee” Davison (batería), junto a los músicos Kiki Kabel y Highko Strom, quienes completan la alineación actual se encargaron de dar una despedida digna de estas 5 decadas.
El último caos: una noche de punk en el Velódromo
El Foro Velódromo fue el punto de encuentro para cientos de fans que agotaron los boletos en taquilla horas antes del show. A pesar de los días lluviosos en la capital, el cielo se despejó justo a tiempo para dar paso a una noche que quedará marcada en la memoria de la escena punk mexicana.
La velada comenzó con Bloody Benders, una potente banda de punk capitalina que encendió la mecha con actitud y energía desbordante. Luego fue el turno de MESS, desde Guadalajara, quienes subieron la intensidad con un punk Oi! directo y crudo, preparando el terreno para lo que venía.
Pasadas las 9:00 p.m., las luces se apagaron y una introducción teatral marcó la entrada de The Adicts. Con Monkey al frente, maquillaje blanco y su característico bombín, el escenario se convirtió en una explosión de color, confeti y riffs. El público respondió con gritos, saltos y los primeros mosh pits de la noche.
El setlist recorrió lo mejor de su trayectoria: Los primeros acordes de Let’s Go arrancan como un grito ancestral, Joker in the Pack, Bad Boy, Chinese Takeaway himnos que no se piden permiso, que se cantan de memoria. El mosh pit se enciende, cadenas, camisetas rotas, confeti, saltos, sudor.
Monkey, con esa voz rasposa, se mueve como si el escenario fuera un ring: entre bromas, invitaciones al público, alaridos y reverencias visuales. Y no hay nostalgia melancólica: hay celebración. Hay comunión. Se grita, se canta, se recuerda que cada línea de acorde fue un acto de resistencia, de desobediencia con confeti.

No podia flatar , Viva la Revolution, que retumbó como un grito colectivo. Monkey, siempre carismático, lanzó cartas, serpentinas y sonrisas. Cada gesto recordaba por qué The Adicts son, ante todo, artistas del caos con alma de circo punk.Esa noche no fue un funeral. Ni un momento de retirada silenciosa. Fue un acto de resistencia luminosa: The Adicts demostraron que despedirse puede ser tan poderoso como cualquier comienzo. Que 50 años de punk no se apaga, se transforman en himnos, en la memoria colectiva.
Si estuviste ahí, quizá todavía traes el eco en el pecho: los bombines, las chaquetas rotas, la pintura, los cánticos, la euforia. Y si no, ojalá este relato te haga sentir que el aire vibró, que el suelo retumbó, que México gritó “¡Viva la Revolution!” una última vez.
Punk hasta el final
Con 50 años de historia, The Adicts demostraron que su legado trasciende épocas y estilos. Lo que se vivió en el Velódromo no fue una simple despedida fue vivir a todo explenor este espectaculo de la música que nunca pide permiso.
Si esta fue su última visita a México, se fueron como llegaro ruidosos, coloridos y desafiantes. Porque en el universo de The Adicts, incluso el adiós suena a revolución.



