Existen noches Mmorables que rugen como motores y se graban en la piel de los fans como tatuajes eternos. El pasado 4 de mayo, la Arena CDMX fue testigo de una misa pagana donde los sacerdotes del heavy metal, Judas Priest, descendieron con toda su furia como parte de su “Invincible Shield – Monster Tour”, acompañados por un acto que es pura elegancia oscura: Opeth.

Desde tempranas horas, la Arena CDMX se cubria de chamarras de cuero, estoperoles, cabelleras sueltas y una emocion electrizante. Era la cita con una leyenda, y nadie quería perdérsela.
Opeth: el hechizo sueco que abrió las puertas del infierno
La noche cayó y con ella un manto oscuro cubrió el recinto. Opeth, con su metal progresivo , fue el encargado de abrir la velada. Mikael Åkerfeldt, siempre sobrio y potente, lideró esta misa llevandonos por lo melódico y lo brutal. “Ghost of Perdition” y “Deliverance” fueron coreadas con devoción por los fans mexicanos, quienes respondieron con fuerza a cada riff y cada susurro gutural. El Metal Progresivo instrumental de Opeth se apoderó del ambiente, preparando el terreno para lo que estaba por venir.
Judas Priest: el rugido del trueno británico
Poco antes de las 9:30 p.m., el aire cambió. Las luces se apagaron. Y de pronto, “War Pigs” de Black Sabbath estalló en las bocinas como un himno no oficial que nos preparaba para el combate. Elntelón cayó y… “Panic Attack” detonó el primer grito colectivo. La energía fue inmediata, como si se hubiera encendido una chispa que explotó en mil llamas de metal. Este tema, el primer sencillo de su nuevo álbum Invincible Shield, mostró que los Priest están más vivos que nunca, y que siguen escribiendo la historia con tinta de fuego.
Rob Halford, el mismísimo Metal God, apareció y con mirada desafiante. “¡Hola, México! ¿Están listos?”, gritó, desatando una ovación que sacudió las entrañas del recinto.
El setlist fue una cátedra: “You’ve Got Another Thing Comin’” nos regresó a los 80, cuando el metal era ley. Al fondo, la bandera británica ondeaba con el logo clásico de la banda, como un estandarte de guerra. Cuando sonó “Breaking the Law”, el coro fue unánime y poderoso: toda la Arena se transformó en un solo puño alzado.

Luego vinieron joyas como “Riding on the Wind”, donde las guitarras gemelas rugían como si Glenn Tipton estuviera ahí mismo en espíritu, mientras Richie Faulkner demostraba por qué es digno heredero del trono. El bajo de Ian Hill pulsaba como un martillo, mientras la batería de Scott Travis marcaba un ritmo brutal con su doble bombo que nos golpeaba el pecho sin misericordia.
La noche siguió con clásicos como “Love Bites”, “Devil’s Child” y “Saints in Hell”, seguidos de un sublime momento con “Turbo Lover”, donde el público se rindió al groove ochentero. Y sí, todos gritamos hasta el último aliento con “Painkiller”, el himno infernal que pone a prueba gargantas y cervicales.
Motocicleta, mariachi y despedida legendaria
Tras un breve descanso, se escuchó el rugido mecánico inconfundible: la entrada triunfal de Rob Halford sobre su motocicleta, como manda la tradición. Esta vez, el detalle que volvió loco al público fue su sombrero de mariachi, un guiño divertido a su amor por México.
Con la adrenalina a tope, llegaron las últimas balas de plata: “Hell Bent for Leather”, “Electric Eye” y, finalmente, “Living After Midnight”. Fue ahí donde los fans, desde la cima hasta la primera fila, se unieron en un solo canto, sabiendo que presenciaron algo irrepetible. Rob Halford, a sus 72 años, sigue cantando como si el tiempo le tuviera miedo. Y eso, es simplemente legendario.
“Oe, oe, oe, oe… ¡Judas, Judas!” retumbó como un mantra de gratitud y pasión. Porque el heavy metal no pasa de moda. El heavy metal vive mientras existan noches como esta. Y México, una vez más, se rindió ante los verdaderos reyes del acero.




