Bajo el cielo vasto del Autódromo Hermanos Rodríguez, un mar de cuerpos se congregó no solo para escuchar acordes, sino para ser testigo de un rito colectivo. El Corona Capital, en su decimoquinta edición, trascendió su condición de festival para erigirse como el escenario donde un siglo de historia se celebraba con el sudor y el grito de 236 mil almas. Foo Fighters, Linkin Park, Deftones; nombres que son más que sonidos, son mitologías que dialogan con el ícono de una cerveza que, hace cien años, también comenzó como un sueño en la Ciudad de México.
La celebración no se conformó con habitar una sola capital. Se expandió, como un rumor que crece, hacia Guadalajara, Mérida y Monterrey, llevando consigo un espectáculo de drones que dibujaba en la noche el “Extra” de cada ciudad. Las latas intervenidas por el artista Pogo se convirtieron en talismanes modernos, pequeños vestigios de un instante que quería ser eterno, objetos que atesoran la paradoja de una identidad que es, al mismo tiempo, local y universal.
El eco de los últimos acordes se disuelve en el aire, dejando atrás el estruendo y la euforia. Solo queda el silencio que sigue a la fiesta, ese vacío cargado de memoria. La pregunta, entonces, no es qué se celebró, sino qué queda de nosotros cuando las luces se apagan. Quizás la respuesta esté en la persistencia del gesto: seguir construyendo, canción a canción, el próximo siglo.
