Ciudad de México, 12 de octubre de 2025.
Bajo una noche estrellada, el Palacio de los Deportes se transformó en un templo de luz y melancolía. Hozier, el cantante irlandés que ha sabido combinar el alma del soul, la fuerza del folk y la profundidad de la poesía, regresó a México con su gira Unreal Unearth: Unending para ofrecernos algo más que un concierto: una experiencia espiritual.
Desde sus primeras notas, quedó claro que lo suyo no es un simple espectáculo, sino una travesía emocional y simbólica. Su música, heredera del misticismo de Yeats y la crítica social de Wilde, se sintió como un viaje literario donde el amor, la fe y la redención se entrelazan con la fuerza de la palabra cantada.
El show abrió con “De Selby (Part 1)”, un arrullo oscuro que evocaba las almas perdidas del Infierno de Dante. En ese instante, el público supo que no estaba ante un setlist cualquiera, sino ante una narrativa en movimiento. Las luces, frías al inicio, fueron mutando conforme avanzaban “De Selby (Part 2)” y “Jackie and Wilson”, mientras las pantallas flotantes proyectaban imágenes etéreas que cubrían a los músicos como si fueran almas danzantes.
La intensidad creció con “Nobody’s Soldier”, donde los visuales en 3D sumergieron a todos en una especie de universo líquido. Luego, “Angel of Small Death” iluminó el recinto con calaveras flotantes, en una comunión de corazones que coreaban con devoción.
Cuando sonó “Dinner & Diatribes”, una tormenta digital cayó sobre el escenario, como si el Palacio entero se purificara bajo una cascada de luz.

El ambiente se volvió íntimo con “Like Real People Do”, donde el público encendió las luces de sus celulares, recreando un cielo estrellado dentro del domo de cobre. Después, en “From Eden”, los fans cubrieron sus flashes con papeles rojos y naranjas, un gesto simbólico que tiñó el recinto con tonos de pasión y pecado. Hozier, con su voz profunda, parecía cantar desde un lugar sagrado, recordándonos que incluso en la caída hay belleza.
El clímax llegó con “Take Me to Church”, himno global que resonó como una plegaria colectiva. Cada palabra fue coreada con una mezcla de rabia, fe y liberación. Fue el momento en que el Palacio dejó de ser un recinto: se convirtió en una iglesia sin dogmas, donde la única religión era la música.
Y cuando todos pensaban que el concierto había llegado a su fin, Hozier rompió las reglas. Apareció de espaldas, entre la multitud, caminando por la mitad de la pista, saludando a sus fans más lejanos. En un gesto de humildad y amor, ofreció un encore inesperado.
Ahí, entre la gente, interpretó “Cherry Wine”, una de sus canciones más íntimas, seguida de “Unknown / Nth” y “Feel Like Makin’ Love”. En ese instante, el tiempo pareció detenerse.
Antes de despedirse, Hozier tomó el micrófono para hablar sobre la importancia del arte como herramienta de empatía y resistencia. Mencionó a Joan Baez, Pete Seeger y Nina Simone, recordando cómo la música ha sido faro en los momentos más oscuros de la humanidad. Reflexionó sobre los movimientos por los derechos civiles, el racismo, la homofobia y el odio en todas sus formas, invitando a cada asistente a levantar su voz y usarla como instrumento de paz.
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El cierre llegó con “Nina Cried Power” y “Work Song”, un final perfecto donde la fuerza, la esperanza y la poesía se fundieron en un mismo latido.
Aquella noche, Hozier no solo cantó y predicó con música. Nos recordó que el arte puede ser refugio, protesta y redención. Y cuando las luces se apagaron, el eco de su voz seguía resonando, como si el Palacio aún respirara versos.



