El festival Pulso GNP se ha consolidado como una cita ineludible en el calendario cultural del Bajío, una tradición moderna que, año tras año, transforma el asfalto del Autódromo de Querétaro en un territorio efímero para el ritual compartido de la música. Su historia, que se remonta a 2018, es un palimpsesto de huellas y resonancias, donde cada edición ha acumulado capas de memoria sonora, desde los primeros acordes de MGMT y Café Tacvba en el antiguo aeropuerto, hasta las actuaciones multitudinarias de Gorillaz en su regreso pospandemia. No es solo un evento, sino un éxodo cíclico hacia un presente fugaz que se ofrece como consuelo contra el olvido, un espacio que maduró para albergar no solo conciertos, sino la necesidad humana de congregarse en torno a una canción.
Carpa Tecate
En la edición del 25 de octubre de 2025, la Carpa Tecate fungió como el corazón subterráneo y vibrante del recinto. No fue el escenario principal, sino un refugio de resonancias más ásperas y verdades menos pulidas. Bajo su lona, la historia no la escribieron los grandes relatos, sino los ecos rebeldes de un sonido que se negaba a ser domesticado. Fue el territorio de lo inmediato y lo visceral, donde el ritmo de Caballo Dorado y la melancolía eléctrica de Porter no sonaron, sino que estallaron; cada acorde fue un acto de insurrección contra la monotonía, un breve y glorioso sinsentido tallado en el tiempo.
La música que fluyó desde sus parlantes ejerció una sinceridad brutal. No fue un espectáculo para ser observado, sino una condición atmosférica que se inhaló, un sudor colectivo que borró las máscaras. Los cuerpos se entregaron al exorcismo del ritmo, encontrando en el tumulto una soledad compartida. Fue el mismo péndulo ancestral que osciló entre la energía de MENE y la narrativa musical de Joaquín Medina, entre la fiesta y el duelo por las horas que se desvanecían. No hubo promesas de eternidad, solo el testimonio terrenal de un presente que ardía hasta consumirse.
Y cuando el último compás se apagó en la carpa vacía, lo que quedó no fue el vacío, sino la evidencia de un fuego que, por una noche, nos reunió alrededor de su calor. Salir al frío de la madrugada queretana no fue un regreso, sino un destierro leve.
