Qué difícil es, todavía, tener que disfrutar de la música en vivo a través de una pantalla, sin poder estar frente a miles de fans que, a pesar de no conocerles, se sienten como amigos del alma.
Las circunstancias, la vida, desde hace un año, nos han traído hasta aquí, compartiendo las mejores experiencias -como los conciertos- encerrados en nuestras casas, sin el ruido habitual que se vive en este tipo de espectáculos.
En estos días donde el tiempo parece transcurrir muy lentamente, lo mejor es recurrir a la memoria, viajar hacia los tiempos donde la vida no era tan complicada ni tan insegura, y eso ocurrió anoche, gracias a San Pascualito Rey.
En punto de las 20:00 horas, en un sábado más de pandemia, dio inicio el recital -nunca antes mejor dicho- de Pascual Reyes y compañía, un concierto muy distinto al que presentó el año pasado. Con un sabor diferente, como agridulce.
Por supuesto, se trató de una presentación sin público, sin la clásica interacción con sus fans, los más allegados. Pero, más que eso, se sentía en el aire una vibra nostálgica, de añoranza y, principalmente, del deseo de volver pronto a compartir la vida afuera.
Y es que, si algo ha caracterizado a San Pascualito Rey es, precisamente, la manera en la que sus canciones han servido de compañía para los momentos difíciles, los más terribles. Son, dicho de alguna manera, canciones para vivir la soledad.
Fueron más de dos horas de música, de recuerdos tristes, de una voz -la de Pascual Reyes– que nos entregaba su tristeza, su añoranza y, quizás, su dolor, uno muy grande. Sin embargo, se notaba una gran vitalidad en la banda, con un sonido impecable.
Una noche por la que desfilaron temas como «Lo Que Quieres Ver», «Enemigo Mío», «Nunca te Voy a Olvidar», «Arde el Pecho», «Hasta Dónde», «El la Oscuridad», «Canción Que Quema», «Entre la Sombra y el Silencio», «Me Da Miedo la Vida», «Pasará», y muchas más, todas envueltas en un ambiente muy íntimo.
Indudablemente, hizo falta la complicidad entre unos y otros; hizo falta la comunión con el grupo sobre el escenario, el concierto lo merecía. Merecíamos estar brindando y, como si fuese un ritual, dejar atrás el dolor que todavía habita.
Cumplieron, sin cuestión alguna, su cometido. San Pascualito Rey nos regaló una noche llena de buena música y tristeza, pero de esa que cura el dolor más fiero, como lo han hecho en sus 20 años de vida.
¡Larga vida al Rey!





